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Y LE DIJE QUE ME AVISARA... (A Juan Clemente Zenea, un poeta de mi corazón, fusilado en el l871, y a una amiga de juegos. Dos recuerdos que no pueden separarse.) Los versos de Juan Clemente Zenea fueron muy apreciados en mi niñez, hoy por estar lejos de mi patria los comprendo mejor y los siento profundamente. Por ello he escogido comenzar este pequeño relato con uno de sus versos. Durante los años de la depresión económica, uno de mis paseos favoritos era visitar a una amiguita un poco enfermita a quien quise mucho, aún puedo recordar la voz de Joaquina, una amiga de mi madre que me cuidaba de vez en cuando. ¡Vamos niña -me decía ella- ¡Apúrate, hoy es viernes y vas a visitar a Gloria! Estrepitosamente abrí mi gaveta y saqué mis mejores galas. Gloria era una niña rica, si vieran como se reía con mis cuentos y juegos! Para llegar a su casa teníamos que atravesar el Paseo del Prado, ¡Mi parque preferido de pulidas baldosas! Allí me nombró la pandilla -esta pandilla era de las buenas- la mejor patinadora, bueno... no es hora de decir mentiras, la segunda, a veces me caía, pero con más morados y golpes-me decía el tío-abuelo- más señales de ahíncos. Vaya, algo así como insignias de guerra. Recuerdo que antes de llegar a la casa de mi amiguita, yo corría antes a deslizarme por la lisura del parque, a esa hora ya lo habían bañado los camiones gigantes del agua junto con los leones de mármol que adornaban ambos lados de los bancos, donde generalmente jugaban jubilados, hombres mayores al dominó, ajedrez o a los naipes. También el agua había despejado al parque de los olores de los pobres, eternos desalojados, ¡Espera, déjame ir primero a ver a Zenea! Solía decirle a Joaquina. Sin esperar respuesta corría hasta él. Al fondo del Paseo del Prado, estaba él mirando a la bahía azul. Atrevida me encaramaba por sus pantalones para pegarle un beso en su boca de piedra. ¡Zenea bello, impregnado de pájaros migrantes, que sin perder su lira se trajo las rimas de Musset para enseñar a amar todo lo que es bello! ¡Vamos, niña, que se hace tarde! Me gritaba Joaquina. ¡Mira, Joaquina, qué es eso que ponen en el balcón de Gloria, son unas tiras negras! Visiblemente nerviosa, Joaquina me pedía que me tranquilizara y sobre todo que no dijese más. Los crespones de luto asomaban por doquier. Muy intranquila y sin comprenderlo todo, comencé un largo soliloquio. Gloria, te dije que me avisaras... Siempre la visitaba en su rico dormitorio, forrada de satenes y juguetes preciosos, incrustada en su lecho como una muñeca de alabastro. Se animaba tanto conmigo que terminaba en el piso y jugábamos juntas. ¡Ay, me hubieras esperado! Te traía recados de los patinadores, de los compañeros de clase, del Caballero de París que paseaba sus monólogos a lo largo del parque, del pitirreo en el Paseo del Prado que me traía mensajes de la Plaza del Polvorín, de mis espionajes a la casa del General Gómez, grande y misteriosa. ¿Y ahora, Gloria, qué te cuento? ¿Te acuerdas cuando me iban a buscar para que te hiciera compañía y acabábamos con un ataque de risa. Yo no sabía lo mucho de lo que te pasaba, pero siempre te dije, avísame cuándo te sientas débil para darte entusiasmo y energía, y para no confundir a los de arriba y crean que tienes la intención de dejarnos. Siempre te recordaré, envuelta en tus nuevas y finas gasas, caminando detrás de ti antes que te depositarán en un carro negro y feo, también te seguía un remolino de hojitas polvorientas en la tarde estival, de pajarillos diminutos y colorines, que se te encaramaban para charlar. Siempre te dije que una habla con todo lo inamovible, especialmente cuando el recuerdo queda intacto y detenido, así como yo lo hago con Zenea. Muchas cosas, Gloria, han pasado desde aquel día en que nuestro terruño te acogió. Créelo o no, tu estás allá, y yo estoy aquí, lejos de él, de ti y de Zenea. Si fuera posible cómo me gustaría que seas tu la que me traigas noticias de mi ciudad, de si aún los niños tienen tiempo para patinar, y si aún los viejos juegan ajedrez y dominó con alegría y calma, si no han dañado las baldosas del Paseo del Prado, dime si Clemente Zenea aún espera por mis besos. Finalmente quiero susurrarte estos versos de nuestro gran poeta, uno que no sabía de olvidos. Y en medio de sus duros desengaños
(Juan Clemente Zenea “El Laúd del Desterrado”,l858)
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