La Casa Magica

―¡Rruuac! ― La bandada de cuervos, mejor conocida como “los pajarracos,” gritó burlona mientras volaba en dirección de las fieras de la selva. No lo hacían por valientes sino por listas, porque aquellas, desde las muy mansas a las más feroces, estaban prisioneras en jaulas. Al concluir el día, los pajarracos regresaban para devorar todo resto de comida que los humanos habían tirado en torno a los animales. Encontraban abundante alimento, especialmente fuera de las jaulas de los monos.
Sammy, el león africano, estaba profundamente dormido, echado sobre el piso de cemento a la entrada de su caverna. Ronroneaba mientras las manos de la brisa, acariciaba su melena. ¡Qué bello! Parecía el monarca de la selva, lo que ya había sido cuando vivía en ella.
Al lado de la caverna del león estaba la del tigre de Bengala, que había llegado de la India. A su lado estaban, cada uno en su alojamiento, un leopardo y elefantes traídos de África, un panda de la China y un jaguar de Suramérica.
Así dispersos en cuevas y jaulas, como puñados de granos de maíz tirados al suelo, dormía el resto de los habitantes de la selva y de los bosques. Todos roncaban menos Nena, la osa parda de Norteamérica. Estaba despierta como todas las mañanas, antes de que los visitantes del zoológico se esparcieron alrededor de su cueva. La perspectiva de ellos siempre la ponía nerviosa. Y hoy se paseaba más agitada que nunca. Al ver a Pedro, uno de los guardianes del zoológico, gruñó bajito:
―Por fin me traen mi desayuno. ¡Qué hambre tan espantosa tengo por lo que debo apresurarme a comer, pues no quiero que los humanos me vean degullendo mis alimentos como una bestia hambrienta! ― Pedro, sin quitarle los ojos de encima, le sirvió una cubeta de salmón enlatado. Normalmente ella corría a devorar su comida para saciar su apetito, tan grande como su cuerpo, menos hoy.
Algo le había llamado la atención. El gran Condor, rey de los cuervos, se posó en una rama del roble plantado al frente de su cueva. Aleteó sus enormes alas y le clavó la más terrible mirada: de piedad. Entonces tomó vuelo.
¡Aah si solo los animales no tuvieran las funciones de la mente como lo creen los humanos! Ésta le descargó un torrente de recuerdos: praderas con pasto fresco cargado de rocío, moras silvestres que salpicaban las llanuras, pescado delicioso que su madre atrapaba a la orilla del río mientras ella, entonces una osita bebé, esperaba para la cena.
―¡Qué cuento de hambre y salmón enlatado, mi bosque, espera mi retorno!― le dijo al roble que sacudiendo sus ramas, parecía aprobar lo que súbitamente había decidido hacer.
Pedro estaba por cerrar la verja cuando Nena rugió, abalanzándose contra ella, abriéndola de golpe con sus poderosas patas. Pedro se hizo a un lado, apenas salvándose de ser golpeado por las barras de hierro.
―¡Aaaah! ―gritó sobrecogido de pánico, mientras miraba con ojos desorbitados a Nena convertida en el feroz animal que nunca había sido.
―¡Oh Santa Osa Parda del Norte, perdona mi instinto salvaje fuera de control, y dame fuerzas para correr! ―Y esto hizo hasta salir de la cueva con toda la rapidez que le permitían sus grandes patas condenadas mucho tiempo a la quietud. Al pasar por las jaulas de sus amigos, rugió:
―¡Adiós a todos, regreso a mi hogar! ― Pero para sus adentros se preguntaba y se contestaba estremeciéndose: Qué me estará ocurriendo? Qué mal ejemplo estoy dándoles a los demás. ¡Pero qué felicidad salir de mi encierro, correr, sentir la brisa fresca sobre mi hocico y por fin, regresar a mi bosque querido!
La exaltación reflejada en su rostro se mezclaba con la ansiedad por tantas emociones encontradas. De repente, se paralizó cuando sus ojos se toparon con dos guardias de seguridad que se abalanzaron a la salida del zoológico, adonde ella ya se acercaba. Cargaban unas largas escopetas de caza y le apuntaban.
―¡Aaarrrrg!― rugió, mirándolos de reojo. ―Patas mías, no desfallezcan, tenemos que llegar a la verja!―
Recordó que había cruzado por ella el día que tres hombres la llevaron al zoológico cuando era una osita que aturdía a los guardias con sus aullidos. Quienes la cazaron en el bosque lo hicieron mientras su mamá buscaba alimento y ella la esperaba en la cueva. Hoy, después de varios años, salía por la misma verja por donde había entrado, perseguida por los mismos hombres que la habían secuestrado. Sólo que esta vez a cambio de caricias que le habían deparado al llegar, evadía sus disparos.
―¡Santísima Osa Parda del Norte, líbrame de estas balas, pues sé que si una me alcanza, pasará por mi pellejo hasta matarme, y yo no quiero morir aquí! Necesito regresar a mi bosque y allá vivir mis últimos días junto con los de mi especie. ―
De repente se encontró entre árboles. Ya el sol brillaba, y su luz se filtraba por entre las ramas como una lluvia de estrellas doradas. Nena pisaba tierra fresca, algo que sus patas no sentían desde hacía mucho.
―¡Pum!, ¡pum!, ¡pum!
Los disparos la perseguían mientras ella zigzagueaba a toda velocidad. La sensación de frescura bajo sus patas no duró mucho porque nuevamente se encontró pisando cemento. 
―¡Que aterrorizante es esta selva de los hombres! Está repleta de máquinas que pasan zumbando y sueltan un hediondo gas ahumado por sus traseros,― gruñía Nena. Una máquina se le acercó. Era grande, de color sangre recién derramada. Se detuvo frente a ella. Dos hombres armados bajaron. Ella miró hacia su derecha, y al ver árboles corrió hacia ellos resguardándose de sus perseguidores. Varias ardillas huyeron al verla. Nena les gimió:
―¡Hola! ¿Me podrían decir dónde queda el bosque?
Pero las ardillas no respondieron; se quedaron mirándola desde la copa de un árbol.
Después de correr por algunos interminables minutos, Nena hizo un alto. Se encontraba al borde de un abismo. Jadeaba, chorreaba baba espesa y sentía que sus fuerzas empezaban a fallar. Abajo corría un caudaloso río. Pero al volverse se topó con un peligro aún mayor: ¡humanos! Entonces haciendo un último esfuerzo, levantó las patas delanteras y, luciendo gigantesca, les rugió a los dos hombres que le apuntaban. Tenía que pensar con rapidez, lo que en lengua animal se traduce a que su instinto debía tomar plena libertad de expresión. Enfrentaba dos opciones: arriesgarse a que los humanos le robaran la libertad regresándola a su cueva de cemento o enfrentar la muerte al saltar hacia el abismo. La última ganó. Volteó su aturdida cabeza hacia el abismo y se dejó caer…
―¡Oh Santísima Osa Parda del Norte, ayúdame! ―rugió pateando al aire.
Esta fue su poderosa súplica de libertad mientras su enorme cuerpo caía, caía y caía hasta hundirse con un estruendoso chapoteo en las profundidades del gélido río. Los hombres siguieron disparando al agua, pero el vaivén de la corriente no dejó que las balas dieran en el blanco… o quizá fue un milagro de la Santísima Osa Parda del Norte, que en todo momento ayudó a Nena y ahora la acompañaba mientras la fuerte corriente del río se llevaba su cuerpo desmayado.
En ese preciso momento, en los confines del bosque, a kilómetros de donde la osa había caído al río, en el lugar preciso en que una gigantesca montaña separa el mundo donde los animales viven en la libertad de la naturaleza abierta del “civilizado” mundo de concreto de los hombres, algo parecido ocurría. Un bebé oso saltó de repente con gran pánico, al escuchar un estruendoso disparo proveniente de detrás de un árbol.
―¡Corre, Rosado corre rápido, unos hombres intentan atraparnos! ―gritó la mamá de Rosado, una osa gris descendiente de las montañas del norte, de inmensa barriga y descomunal trasero que rozaba la hierba al caminar.
Rosado despavorido, corría en círculos y en zigzag, evitando tropezar contra los árboles. De repente se detuvo a la orilla de una quebrada rodeada de sauces llorones. Volteó la cabeza hacia donde había escuchado el disparo. Por primera vez sintió un vacío muy grande que se desprendía de su pecho y se desplomaba en su barriga.
Ésta se retorció. Entonces empezó a llorar con desconsuelo, como un cachorro recién parido, mientras veía que su madre era levantada en el aire por una monstruosa máquina. Un tentáculo gigantesco que producía un atronador alarido se llevaba a su mamá capturada dentro de una red.
―¡No te vayas, mamita! ―gritó el osito.
Mas ya era tarde, porque el enorme tentáculo de la máquina depositaba la red con la pesada mamá osa adentro de un encierro metálico. A la distancia, ella más parecía una enorme bola peluda que una mamá osa.
Rosado adivinó, entre los resoplidos y traqueteos de la monstruosa máquina, las últimas recomendaciones de su mamá:
―Rosado, sé siempre un buen osito. Mantente limpio y fíjate lo que comes para que cuando crezcas seas un oso fuerte y saludable. Corre para salvar tu vida cuando veas cualquier cosa erguida en dos patas. Y mucho cuidado con las presumidas abejas cuando vayas en busca de miel. Al hacerlo asegúrate de que no haya zumbidos alrededor ni dentro de la colmena…
Quién sabe qué más le bramaría la osa a su cachorro: el ensordecedor alarido de la monstruosa máquina eclipsó las súplicas de la madre. Las lágrimas emborronaron la visión del osito. Desde donde estaba ya apenas divisaba la máquina desapareciendo con su mamá dentro de una caja de barras metálicas que brillaban bajo el sol.
 “¿Adónde llevarán esos hombres a mi mamita?”, meditó Rosado hasta que el aparato se desvaneció en medio de su propio humo. De repente, el osito echó a correr tan rápido como sus pequeñas patas se lo permitían hacia el espectro rodante. Había entendido que era preferible estar atrapado con su mamá en esa caja metálica ―lo que en lengua animal se traduce en que prefería sacrificar lo más amado: su libertad― a encontrarse solo en el bosque. Pero cuando llegó al lugar donde los hombres habían capturado a su madre, todo lo que quedaba eran las gruesas huellas de llantas marcadas en la tierra. Permanecía también el olor de algo repugnante que el osito no sabía que era el humo del motor de la máquina monstruosa.
Rosado corrió y corrió persiguiendo ese hedor por un rato hasta que, exhausto, se dirigió despacio hacia los sauces pateando, cabizbajo, una bellota. Al llegar a la orilla de la quebrada se desplomó sobre una enorme roca y dejó escurrir su mirada al agua. Un osito despavorido que de repente se había quedado solo en el bosque le devolvió la mirada. Después, un pececito anaranjado que rayó el agua desfiguró la imagen del pequeño oso.
En ese preciso momento, al otro lado de la enorme montaña, en la encementada y “civilizada” ciudad del hombre, Osado, otro oso pequeño, un poco mayor que Rosado, pasaba un rato particularmente peliagudo en el circo. Su amo y entrenador había abierto la jaula donde los siete osos del circo permanecían encerrados. Todos lucían elegantes, ataviados con trajes de colores y cubiertos de joyas.
―¡Y ahora ―voceaba el maestro de ceremonias― damas y caballeros, el Circo Salvaje, les trae a los osos!
El público aplaudía y silbaba fuertemente. Osado empezaba a sentirse muy molesto mientras el rugido del público retumbaba dentro de sus oídos. Además del vibrante ruido, sus ojos se lastimaban con cientos de destellos de luz que salían de unas cajas chicas. Era insoportable. Evitando mirar al público, Osado dirigía la vista a lo alto y a los lados. El sol hacía resplandecer la carpa. Entonces cerró los ojos y se vio a sí mismo corriendo libremente a través del bosque como lo había hecho durante los dichosos días en que había sido un oso vagabundo. ¡Ah, no tienes idea de cuánto extrañaba Osado ese estilo de vida! Pero, un día, unos hombres irrumpieron en el bosque con el consabido armamento y se lo llevaron lejos de su hogar, junto con dos osos más, un gritón papagayo amarillo, azul y rojo, dos gacelas, un insoportable mono y tres búhos muy respetables.
―Desde que llegamos a este lugar de locura ―se quejó Osado en plena función ante una de las osas del circo, que también había sido raptada del bosque, ― tenemos que hacer siempre lo mismo: caminar en círculos como idiotas con todos estos trinquetes encima de nosotros.
―Chissss, guarda silencio y mantén tu ritmo, Osado. ¡Y deja de quejarte! Estás interrumpiendo la concentración de los otros osos… Esto lo hacemos para el entretenimiento del hombre. Hemos sido cuidadosamente escogidos para este importante trabajo y debemos estar orgullosos de él. Tenemos comida; razón suficiente para servir a nuestro amo con buena voluntad.
―Pues yo odio eso de servirle al hombre― bramó Osado.― Detesto caminar en círculos. No me gustan todas esas personas que me miran sonrientes mientras yo me siento infeliz y, encima de todo, tener que soportar todas esas potentes luces que salen de esas cajitas con las que fulminan mis ojos. Quiero regresar a mi hogar para correr por la pradera, comer moras, atrapar peces y beber agua de la quebrada. Y corretear a los conejos y a las ardillas y brincar en los depósitos de lodo. ¡Esto es vivir como un animal, no como un sirviente del hombre!
Ahora Osado era el único oso que se salía del círculo y, como también era el más pequeño, el público aplaudía más fuerte festejándole esa hazaña.
―¡Mira, papi! ―decía un niñito que estaba sentado en primera fila, mientras señalaba a Osado con el dedo― A mí me gusta ese osito más que los demás. ¡Es despistado como yo!
―¡Oso tonto! ―bramó el oso más viejo del grupo que se había molestado porque Osado le había traído recuerdos que prefería no recordar.― ¡Regresa al círculo y deja de interrumpir! Es difícil para nosotros concentrarnos mientras bramas sandeces y te alejas del grupo…